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martes, 29 de julio de 2014

Un cuento compartido desde el Face de Maria Alicia Essain

Un cuento con brujerías para las vacaciones de invierno.
Brunilda
Autor: María Mercedes Córdoba

Brunilda tenía un sapo que se llamaba Uberto.
Por las tardes ella iba a la escuela, a la vuelta de su casa.
Un día Uberto también quiso ir y se metió en el bolsillo de Brunilda.
En el fondo de la escuela había un pequeño estanque con tres patos y algunos peces. Uberto pensó que era el lugar ideal para que un sapo se sintiera feliz, y decidió vivir allí. Esto fue muy provechoso para la escuela porque a Uberto le encantaba comer mosquitos.
Brunilda tenía muchas amigas y la pasaba muy bien. Como todas eran brillantes alumnas, el director les había dado permiso para investigar en el laboratorio durante los recreos. Brunilda probaba de hacer muchas de las recetas que su abuela le había cantado cuando ella era bebé.
Para los piojos había una receta así:
Machacar un diente de ajo
con las flores de lavanda
Una pizca de romero,
mientras hierve en el caldero.
Las amigas pusieron la mezcla en unos frascos pulverizadores y, mientras cantaban la receta se rociaban los pelos unas a las otras. Todo parecía un juego pero, a partir de ese momento, no hubo ni un solo piojo en la escuela y las chicas, desde ese día, pudieron usar el pelo suelto y dejárselo crecer bien largo.
Claro, cada vez que había luna nueva repetían la operación (lo de la luna nueva fue un agregado de Brunilda porque ya que funcionó, pensó en ponerle un poco de misterio).
Una vez probaron otra de las recetas de la abuela de Brunilda, en el día del cumpleaños del director Osvaldo. Como lo querían mucho decidieron sorprenderlo con una gran torta.
Cantaron, batieron. Batieron y cantaron sin parar. La torta salió tan grande, rica y esponjosa, que alcanzó para los alumnos, maestros, portero y hasta para los vecinos que pasaban por la vereda. Cuando sonó el timbre de salida, tanto alumnos como profesores se fueron riendo y rebotando, rebotando y riendo.
Pero una vez a Brunilda se le fue la mano, justamente el día que venía la inspectora para controlar que todo estuviese en orden, ya que había oído que en esa escuela pasaban cosas raras.
Entonces Brunilda no tuvo mejor idea que recordar una una estrofa que decía así:
Si hay un día especial,
que querés que todo brille igual,
y el que venga de visita
se lleve una impresión genial...
Machacá cien veces
dos trocitos de algarroba y nueces,
jugo de limón y polen
cosechado por la abeja vieja,
dos cucharas de miel,
y cáscara de naranja seca...
Las amigas de Brunilda habían conseguido todo. Eran unas ayudantes maravillosas. Daba gusto verlas trabajar así.
La mezcla quedó espesa y humeante. El aroma era exquisito, dulzón, afrutado. Era el olor típico a una tarde soleada de verano.
Estaban todas batiendo y soñando despiertas, cuando Uberto entró a los saltos buscando un mimo de su dueña. Por esquivar al portero que justo salía con el plumero, chocó contra la pata de la mesa donde estaba el humeante caldero. El caldero se bamboleó, y aunque seis manos rápidas evitaron que se vuelque, un chorro de la pócima empapó al pobre Uberto, que muy compuesto y amable sonreía como diciendo:
—No se preocupen, no me venía nada mal un buen baño.
En eso llegaron los varones a los gritos y empujones. Volvían de jugar un partido en el campito. Ni bien cruzaron la puerta de la escuela bajaron la voz, se sentaron en un rincón del patio y con un trapo se limpiaron prolijamente el barro de las zapatillas.
El aroma a verano de la abuela de Brunilda estaba haciendo efecto.
En ese momento llegó la inspectora. Ni bien entró, Uberto, súper rápido, saltó a su lado. Y entonces, para sorpresa de todos, se oyó clarita su voz grave de sapo:
—Soy Uberto, señorita inspectora, para servirla a usted. —dijo, haciendo una pequeña inclinación.
¡Se armó un desparramo! La inspectora primero gritó, después se quedó muda y al final se desmayó. El portero, por suerte, la atajó.
Las chicas no podían parar de reírse y los varones, como habían quedado en la esquina del patio, pensaron que era una broma y que alguien había hablado simulando la voz del sapo.
Brunilda, en dos segundos, agarró al sapito y se lo metió en el bolsillo mientras le explicaba ochenta veces que los sapos no hablan. Después le prometió llevarlo de excursión y hasta prepararle su postre favorito:

...con bicho bolita
acaramelad
babosas y lombrices
con sabor a helado.
o,
Cuando la inspectora volvió de su desmayo le dijeron que seguramente le había bajado la presión. De todas maneras ella no dejaba de mirar al sapo con desconfianza. Pero Uberto, ante la expectativa general, sólo hizo “croac”, como todos los sapos.
Las chicas le prepararon un café con medialunas a la inspectora para que se sintiera mejor. Los chicos también estaban de muy buen humor. Como despedida entonaron entusiasmados “La Marcha de San Lorenzo”.
—Todo está en orden, pero casi se podría decir que esta escuela está hechizada —dijo la inspectora alegremente, por hacer un chiste.
Se escucharon risitas y cuchicheos mientras, de reojo, todos miraban a Brunilda que ponía su mejor cara de nena buena.
Cuando la inspectora se fue, el director Osvaldo la llamó a dirección y le preguntó:
—¿Cómo es eso de que Uberto habla?
—No, dire, los sapitos no hablan. ¿No es cierto Uberto? —dijo Brunilda tranquilamente.
Entonces Uberto, obediente, se quedó callado.
Solamente sonrió y con picardía le guiñó un ojito.

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